No crezcas.

LaCkatrina

Mona

Para Mona, la niña que se robó mi sonrisa.

El mundo no es como uno quisiera, lo sé, pero es hermoso con sus desastres y todo; pero sólo te pido un favor, no crezcas bonita.

Sigue siendo esa niña de amplia sonrisa, piel blanca e ideas desordenadas.

No olvides lo que es correr con un globo en la mano ni dejes de maravillarte con las pequeñas cosas.

No pierdas la oportunidad de buscarte segura en los brazos de tu madre, no desapegues la nariz de la nariz de tu mascota.

Sé que el que te conviertas en un adulto es inevitable, pero por favor, no crezcas bonita.

Que tengas cinco años es de las cosas más bonitas, cuando seas un adulto te darás cuenta de lo que te digo.

Que no se te olvide que también se puede volar con la amplitud de un vestido si le das muchas vueltas…

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La letra

Catalejo

L

Soy un poema inacabado.

Nada más que un manchón de tinta
en una hoja de sal,
inédita
limpia
de corazón neófito,
borrada por mi misma mano.

Somos ese verso inconcluso
que se deja deslizar
en los pliegues
de los embozos
y sube en vuelo
libre
por el lino de los doseles,
hacia el cielo.

Escribo por ti,
escribo sobre aquella esperanza
de la que carezco;
y sobre ti
siento que puedo escribirlo todo
por ti
y por esa ilusión
que se hace promesa
en ti.

Extraño tu voz
extraño tus palabras,
tu luz,
tu sabiduría,
tu impaciencia de vivir.
Eso extraño,
te extraño a ti.
Habla conmigo.
Sálvame del silencio,
porque no le perteneces
a la muerte,
a nadie.

¿Acaso no sabe usted
que el amor destila
en sus palabras,
como un ensalmo
que enmudece
todos los miedos?

No hay dioses ni epitafios
o poetas o numen
que irradien tal…

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De papel y tinta, para ti.

LaCkatrina

Tengo ganas de escribirte. Y es que no tengo una idea mejor para dejar correr lo que te quiero y lo que pienso, cuando no puedo tocarte.

Tengo ganas de escribirte. Y es que eres el manantial de cada letra en este río de palabras que se llaman como tú.

Escribirte. Así como canta el ave, como la música en la copa de un árbol cuando la mueve el viento, como los recuerdos en las paredes de una casa que no sabe de sonrisas si no vienen de ti.

Escribirte tan permanentemente como se escribe en la arena, para después tener un nuevo pretexto para volverte a escribir.

Y si te escribo, es con la misma naturalidad del árbol que florece, del agua que corre, del cielo que se abre. Y te siento en cada letra, como lo hago en cada beso, en cada abrazo, en el te quiero, y…

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Quiero a mis demonios muertos.

LaCkatrina

Debo reconocer que estoy más rota de lo que parezco. Ese ir y venir de mis demonios no me permiten llegarme a sentir como un entero.

Es que a decir verdad, morir por ti no estaba planeado; pero no sé qué hiciste que sucedió y ahora discuto todas las mañanas con mis demonios y les digo que no eres mi pasado y ellos me refutan que “confiar” nunca ha sido de mis mejores verbos, mucho menos una virtud, solo han servido para incrementar mi descenso.

Ahora no estás y guardas silencio.

Me estrujo en estas letras, en mis irracionales pensamientos y me siento con esquizofrenia pensando que tu piensas en mí con un te quiero.

No quiero ni canciones, ni prosas ni versos, quiero a mis demonios muertos.

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No es cosa sencilla.

Mira que renunciar a ti no es cosa sencilla. Lo intento todos los días y me despido de un pedacito de ti cada que puedo hacerlo en la lucha diaria del intento.

Despierto todas las mañanas antes de que suene el despertador. Recorro mi cabello con las manos, porque una vez más invadiste mis sueños, tus caricias recorrieron mis pensamientos y te sientes tan real que termino despertando. Que desesperante es esto de querer sacarte de mi vida y no poder.

Por fin, tomo el valor y me levanto… El saberte en mis sueños es una señal de lo que será el resto de mi día.

El olvido es un caminante de paso lento y con destino planeado. Un pasajero llegado de un viaje, muy esperado. Es una carta escrita y en tránsito, abierta hasta que encuentra a su destinatario. El olvido no llega, se aguarda; y es igual que el amor, que aparece cuando menos se espera. El olvido no toca la puerta, permanece esperando, detrás, a que se le permita el paso.

Amor, de tanto que intento olvidarte me pasa que más te recuerdo; tal vez debería dejarte en silencio, navegando en mi mente, a la deriva hasta que toques un puerto de nuevo y te traiga en forma de memoria o sorpresa.

Mira que renunciar a ti no es cosa sencilla, Cielo.

Respuestas… ¡¿Dónde están?!

Espacio

Lo peor de lo peor es quedarse sin respuestas,
sin nada que decir, sabiendo que no existe,
reconociendo que ninguna respuesta hará cambiar de parecer,
sin respuestas, indefenso.

Muchas veces perseguimos algo o a alguien,
la alcanzamos y de repente, no está,
no está en esencia aunque si en presencia,
y al final buscamos la escencia del ser, pbjeto o persona.

El amor es una respuesta,
el silencio es otra,
lo que nos deja indefenso es no tener la primera,
y hacer uso de la segunda.

Regresar adonde se fue feliz es un error,
aunque hay errores que se repiten mil veces,
sin arrepentimiento alguno; sin mirar,
sin mirar atrás.

Pero sin respuestas,
sin las respuestas que deseamos,
obligados a responder lo que nos dejan como arma,
el silencio; un silencio a sentencia propia.

No sé dónde están, pero vuelvan,
no sé qué hacen divagando, aquí los espero,
no sé…

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La cama llena y el corazón vacío

esquinadeunvillano

Se sentó en el mueble que estaba al lado de la cama,  contempló la manera en la que hacían el amor, con la velocidad de los que han perdido la rapidez para disfrutarse de a poquito, como disfruta un niño de un rico helado: lamiendo, saboreando, pausando y volviendo a comenzar. Les veía, podía sentir el sudor de sus cuerpos, le alcanzaban sus gemidos, mientras él sólo atinaba a morderse los labios en silencio, queriendo ser invitado a esa santa orgía carnal; pero las reglas eran claras: ver, escuchar y sentir, pero no tocar. Incluso el cerrar los ojos solo haría que viera y sintiera con mayor intensidad. 

Cuán difícil es verse privado de una piel que fue tan pública, tan de uno, tan propia. Tomó una copa, la lleno de whisky y vertió su contenido en su garganta como hace un loco suicida con una bala. Ellos seguían en…

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Escribir tu nombre

Catalejo

A veces la nostalgia se toma tu nombre:
cada día el mar me dice que añoras el vértigo de amarnos en este precipicio
que se abre a la impaciencia de ser uno y más,
tal como la luna corretea bruma y rocío en sus mareas
y termina plasmándose de cómplice en una vorágine de estrellas.

Perdóname la lluvia, los terremotos, los meteoritos.
Perdóname el amor, la devoción, la conversación, el interés.
Perdóname por poseer una sola vida,
por carecer de la profundidad de los escribas y los poetas,
de no tener de mi lado las palabras que quieres escuchar.

Somos la sombra oscura que deja la huella fiel
de un carboncillo sobre una hoja blanca,
somos la textura de negros matices que deja una mano impasible,
que dibuja un destino de sonrisas o de lágrimas sobre nuestros rostros,
llorando, sintiendo, viviendo que tus ojos lo sienten,
así como secándose el…

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La femme derrière sa fênetre.

La Rue de Rivoli. Laure caminaba con calma, observando a su paso el farol que colgaba justo a la mitad de cada uno de los arcos que adornan los corredores de los edificios apostados a lo largo de la Rue. Cada luz le parecía un alma encendida, y los arcos de piedra, el sostén de vida de tan delicada carga. Del otro lado de la calle, faroles sobre un pedestal iluminaban la barda del Jardin des Tuileries.

El trayecto iba desde la esquina de la Rue de Castiglione hasta el Hôtel De La Marine, para después caminar un largo rato por Place de la Concorde. Rivoli suponía un paseo tranquilo a pesar de la gran cantidad de gente que normalmente transita por ahí entrando y saliendo de las tiendas; para Laure era mucho más que bullicio, era una esperanza en cada rostro.

Era una mujer callada, de pocas palabras y muchos pensamientos. Era una mujer en silencio que dejaba a su mirada el trabajo de hacerse entender. A su paso por entre la gente observaba atenta y en sus ojos se veía la nostalgia, la pregunta, y la insistencia de encontrar una respuesta. Por eso caminaba con calma, por si la encontraba de frente.

Él. Hace mucho que no sabía de él. Y Laure lo buscaba en el pasado, en el trayecto por Rivoli, a pie. Se detenía a observarlo en su recuerdo en cada lugar por el que pasó caminando de su brazo: el arco en donde vio por vez primera esa mirada que se clavó en sus ojos, metiéndose en su alma y de donde ya no habría de salir; en un farol delator de un beso a oscuras, el primero de tantos que terminarían en un lecho iluminado por la luna de París.

Cada paso era un recuerdo nuevo o reincidente, y Laure cerraba los ojos para atrapar el rostro del hombre que aún amaba, evocar su aroma, su risa, o cualquier detalle que lo devolviera a su lado por un segundo. Enseguida, abría los ojos y continuaba a la siguiente parada.

Después de completado el trayecto, el Obelisque de la Place era el sitio en donde Laure terminaba la sucesión de recuerdos; la vista de la Torre iluminada la extasiaba, hasta que el frío la traía de vuelta a la realidad y entonces emprendía el camino de regreso en un auto de alquiler.

La ventana de su habitación en el hotel ubicado sobre Rivoli y Castiglione, permitía el paso de la luz de luna que iluminaba la cama en donde Laure había dejado el cuerpo con pasión y el corazón a merced del amor.

Hacían ya tres años.

Él se alejó sobre Rivoli con dirección a la Place, dejando a su paso el camino por el que cada año Laure lo buscaría hasta no encontrarlo, y por el que también regresaría para después pasar todas las horas que faltaban para el alba asomada en la ventana, conteniendo el mismo grito ahogado que aquella noche no se atrevió a dar.

Theory of a Dead Man – Not meant to be.

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La mujer fatal, su presa y el encanto de la Luna.

Ay, la seda. Tiene la suavidad que me recuerda a la tersura de las últimas manos que recorrieron mis senos, la de los labios que besaron los míos, y tal vez es por eso que la disfruto cuando es piel sobre mi piel y me desnudo de ella.

Tomé el vestido negro entre mis manos, lo sostuve frotándolo ligeramente contra mi pecho desnudo mientras elegía mis zapatos.

– Un par color camel, no está mal.

Me puse en los ojos la mirada de un gato, era lo adecuado para salir a cazar de noche. Elegí las perlas negras para que me adornaran. Levanté mi cabello en un moño casual; los rizos naturales los uso como único atuendo para soltarlos en la intimidad. Me observé en el espejo, de frente, de lado, como quien pasa revista al arsenal de armas que están listas para la guerra.

Ay, la oscuridad. La complicidad de la noche para asesinar a la soledad. Amo y odio el silencio que en ella es el escenario de la sinfonía de mis zapatos; el que marca mi paso hacia el próximo destino efímero entre los brazos del lobo que esa noche le aúlle a la luna.

Después de haber bajado del auto, caminé en línea recta hacia la entrada del bar. Dejé que el contoneo de mi cadera hablara por mí; y las miradas contestaron lascivas, penetrantes, como queriendo provocar una discusión entre cuerpos. Mi caminata siguió al mismo ritmo, insinuante y decidida. Observé, así es este juego, y yo iba a elegir al rival.

Ay, el deseo. La piel sabe cuándo está siendo tentada por ojos ajenos, siente en cada poro las marcas que deja el antojo de quien nos observa.

Me senté en la barra del bar, crucé la pierna como quien cierra lentamente la puerta que tarde o temprano volverá a ser abierta. Dar la espalda, es solo cosa de nombre cuando en realidad estaba dejando ver el escote que hacía lucir la línea de mi columna, desde la base del cuello hasta donde empiezan los tormentos del hombre. En mi hombro, un tatuaje: “L o v e r”.

Observé desde el espejo al resto de quienes como yo, estaban ahí esperando su propio comienzo esa noche. Encendí un cigarro y lo terminé en silencio. Bebí una copa, y luego otra. No dejé de mirar al espejo; mi espalda seguía en su sitio, hablando por mí.

Tomé un cigarro más, pedí otra copa. Fumé y bebí cerrando los ojos evocando la sensación del placer en un sorbo, dejando salir el humo como quien suelta un orgasmo.

Ay; seda, oscuridad y deseo. Abrí los ojos y el juego ya estaba completo. Ahí estaba, sobre mí, la mirada licana de ese hombre.

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Las horas pasan lentas en la jungla de concreto cuando estás encerrado analizando tu cartera de clientes. Ese espíritu cazador que te hace sentir vivo cuando amarras una nueva cuenta para la empresa, es lo más cercano a la sensación de cazar un hermoso ejemplar de mujer. Quizá hoy sea un buen día para ello.
Mi traje gris iba acorde a la iluminación y decorado de ese bar, me habían hablado muy bien de él. Frecuentado solamente por jóvenes adultos, exitosos, deslumbrantes y decididos. No tuve duda cuando la vi cruzar la puerta con ese andar enigmático y suave, como una pluma que se desliza con el viento.

Su vestido negro marcándole las curvas era una extensión misma de su piel. Sus piernas delicadas robándole el protagonismo la una a la otra en cada paso que daba. Su cabellera recogida de un color tan negro como mis intenciones con ella, mismas que confirmé cuando cruzó las piernas y me dio la espalda.

Era portentosa y delicada, su espina bien marcada me sedujo y juro que pude verla reaccionar cuando lamí su piel con mi mirada.

Bebía con ritmo y fumaba a grandes caladas. Su mirada era altanera y supe que realmente era un espécimen especial de mujer…un verdadero reto.

Me levanté de mi asiento y caminé decidido a ocupar la butaca junto a ella. Me senté prepotente, giré despacio buscando al bar tender y solicité un coñac. La vi rápidamente para luego perderme en su escote y recuperar la visión bajando su vestido; era intimidante para cualquier novato pero el reto perfecto para un aventurero como yo. La presa ideal.

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Mmm. Coñac.

Lo vi sentarse a mi lado y ordenar. Me gustan los hombres con aroma a madera, será que me recuerda la firmeza que provoco entre sus piernas. Cambié el cruce de un pierna a la otra. Despacio, como quien empuja suavemente una puerta. A los lobos les gustan las presas ágiles, pero yo no tenía prisa.

Tomé de nuevo un cigarro. Él me miro de soslayo.

– ¿Fuego?, me dijo.

“Mucho”, pensé.

Acerqué el cigarro a mi boca mientras él lo encendía de pie junto a mí. Di una calada y exhalé el humo elevando mi cara; ahí estaba el lobo, de frente, y a mí me gustaba.

– Usted tiene un par de lunas en los ojos, me dijo.

Torcí la sonrisa y entonces le dediqué una mirada.

– La luna es el gran amor de los lobos, y a mí me resulta fascinante.
Sonrió; los hombres saben que en la sonrisa, tienen la llave de todas las puertas. Le correspondí divertida con esa sonrisa torcida que causa extrañeza, pero en mí es señal de mucho placer.

Hablamos de todo y de nada como es lo natural entre extraños y es silencio entre los que se conocen; al mismo tiempo en que su mirada iba descubriendo la piel de mi escote, y mis ojos mordían sus labios en cada palabra.

Los lobos no resisten aullar a la luna, lo hacen cuando quieren tocarla.

Me miró fijamente a los ojos y yo, atrevida, bebí de su copa de coñac. Una gota brincó de mis labios a mi escote y él la persiguió hasta verla desaparecer. Calló y se perdió mientras yo lo observaba. Para entonces la maderada entre sus piernas ya estaba lista para zarpar en mis aguas.

Me miró de frente, de nuevo. La pregunta en sus ojos tenía respuesta entre mis piernas. Giré hacia él, y bajé la pierna cruzada. Despacio, para que él tuviera tiempo de observar discretamente todas mis ganas mientras yo le clavaba las lunas de mis ojos en su mirada licana.

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Pude ver cómo sus fosas nasales se dilataban demostrando un incremento en su calor corporal; pudo ser deseo o la temperatura del ambiente pero no quise perder el tiempo y solo me arrojé a intentar todo con ella.

Esta mujer no busca dependencia, tampoco veo en sus ojos necesidad de amor. Ella es la clase de mujer que ansía devorar o ser devorada y propuse para su deleite el mejor de los manjares.

Mi meñique rozaba su rodilla y mientras callamos nos hablamos con la vista.

Con solo la mirada le conté mis aventuras y ella me respondía con orgullo que tenía también las suyas.

La forma como el cigarrillo se sostenía de sus labios me demostró sus experiencias con la boca. La manera en que cruzaba las piernas, descubría la capacidad de encadenamiento que poseían. Nada qué decir de su escote y de su cuello, magneto de mis labios y dientes. Me imaginé todo con ella y todo me complacía.

Pagué la cuenta de ambos y ella me dijo “Yo pagaré la cuenta del próximo lugar”, le dije por tentar “Buscaré un hotel no tan caro” y me sorprendió susurrando “No hay motivos para ahorrar”.

Nos fuimos en su auto, pero me dejó conducirlo y mientras cambiaba la marcha mi corazón se aceleraba con el roce de su muslo. Ella acariciaba mi entrepierna y ya no estuve seguro de quién de los dos era la presa.

Llegamos al lugar y me entretuve viendo sus caderas pavonearse al subir el mármol de las gradas, caderas propicias para fecundar. Era una mujer completa, con glúteos de manzana dulce que no podía esperar a probar.
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La mentira del amor se fabrica con el cuerpo, la diferencia está en la exigencia. Cuando se exige, solo es deseo.

Nos volvimos Luna y Lobo. Él, a merced de mis deseos sólo le quedaba morderse los aullidos, remontaba cuando las nubes del placer me cubrían el cielo y yo bailaba al ritmo de la voracidad de sus ganas. Confirmé con cuántos besos se llena mi boca, y él descubrió con cuántos embestidas se logra un eclipse. No sé cuántas veces o cuántas noches llegamos al éxtasis; el tiempo sólo se cuenta cuando nos arrasa mas no cuando nos revuelca el deseo.

Abrí los ojos saliendo del trance y me deshice del pecho en el que había dormitado.

Tomé la seda y vestí de nuevo mi cuerpo. Encendí un cigarro, y quedé observando al hombre desnudo que la noche anterior había sido secreto y deseo y que ahora estaba ahí, desechado.

Le dediqué una sonrisa torcida y cerré la puerta. Ese es el premio que doy a los buenos amantes, pero jamás están despiertos para recibirlo. Y caminé como caminan las damas, un pie delante del otro, con la calma del que en realidad quiere alejarse.

El triunfo de la luna es lograr cada noche que un lobo aúlle a su modo, porque es mujer y lo sabe, y porque la soledad lo puede todo.

Femme fatale.

Colaboración con Fausto Ariza (@Perversario)